Hay cosas que hacemos porque toca: llegar a tiempo, entregar el reporte, cumplir en casa. Esa es la primera milla, y se camina casi sin pensar. La segunda es la que te transforma: la que nadie te exige y la que siempre dejamos para después.
«Y a cualquiera que te obligue a llevar carga por una milla, ve con él dos.»
Mateo 5:41 (RVR1960)
En tiempos de Jesús, un soldado podía obligarte a cargar su equipo por una milla. Nadie lo hacía con gusto. Y Jesús dijo que fueras el doble de lejos.
En la entrega anterior hablábamos del café y del mensaje que dejas pendiente. Hoy vamos a lo que se aplaza en tu propio camino. Hay segundas millas para ti y segundas millas para los demás.
Tu segunda milla, para ti
- Aprender eso nuevo que llevas meses diciendo que vas a aprender. Empieza por una lección, no por el curso completo.
- Tomar esa decisión que llevas aplazando: la cita, la llamada, la inscripción.
Tu segunda milla, para los demás
- Servir en casa sin que te lo pidan: lavar esos platos, llamar a ese familiar, escuchar sin mirar el celular.
- Entregar en tu trabajo con un detalle que nadie va a revisar pero que tú sabes que está.
- Contestar con calma ese correo, aunque ya hayas cerrado el día.
La segunda milla nadie te la cobra. Solo tú la recuerdas.

Tres gestos para no postergarlo
- Ponle hora. Lo que no tiene hora en tu agenda se queda en el después.
- Empieza ya, aunque sea imperfecto.
- Elige la acción más pequeña y hazla primero.
En la próxima entrega cerramos con lo que más se deja para después: escuchar a Dios.
¿Cuál es tu segunda milla de esta semana? Elige una sola, escríbela en los comentarios y ponle hora.

Deja una respuesta