Ya hemos hablado de entrenar el cuerpo y de cultivar el espíritu con disciplina diaria. Hoy toca la tercera parte, la que muchas veces dejamos de lado: la mente.
Eres un ser integral — cuerpo, alma y espíritu — y los tres fueron creados por Dios, los tres importan. Pero hay algo distinto con la mente: a tu cuerpo sí puedes darle un descanso merecido; a tu mente, no. Todos los días necesita alimento, una enseñanza nueva, una habilidad nueva. Y lo más importante de todo: su conexión diaria con la Palabra de Dios no puede faltar.
«No se amolden al mundo actual, sino sean transformados mediante la renovación de su mente. Así podrán comprobar cuál es la voluntad de Dios, buena, agradable y perfecta.»
Romanos 12:2 (NVI)
Una mente que no se renueva termina amoldándose — sin darse cuenta — a lo que el mundo le repite todos los días. Por eso ese espacio diario con la Biblia no es un lujo ni un «si me queda tiempo»: es el alimento que evita que tu mente se conforme con lo de siempre.
Lo que esa palabra diaria te puede dar, y que nada más te da igual
- Guía para caminar por el camino correcto, cuando no sabes qué decisión tomar.
- Sabiduría para actuar de la mejor manera en medio de lo difícil.
- Una palabra de aliento exacta para el momento que estás viviendo.
- Una enseñanza de vida que solo Dios te puede dar.
- A veces, hasta la respuesta a eso que llevas orando y esperando conocer.
No dejes que las tareas y los afanes del día te roben ese espacio. Todo lo demás puede esperar un rato; tu mente, no.
El cuerpo descansa, el alma se alimenta en oración, pero la mente se renueva cada día — y solo la Palabra de Dios la renueva de verdad.
Si tu cuerpo se queja cuando no come, ¿por qué tu mente no reclama cuando pasa un día entero sin Palabra?

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