Ha pasado: algo se complica, un plan se cae, el día no sale como lo tenías pensado. Y la primera reacción es preguntarte por qué, o buscar a quién culpar. Pero hay una pregunta mejor, una que casi nunca nos hacemos primero: ¿y si esto es un llamado?
No un castigo. Un llamado — como cuando alguien que te quiere te marca insistentemente porque necesita decirte algo importante, y tú, ocupado en lo tuyo, casi no contestas.
«Hijo mío, no desprecies la disciplina del SEÑOR, ni te ofendas por sus reprensiones. Porque el SEÑOR disciplina a los que ama, como corrige un padre a su hijo querido.»
Proverbios 3:11-12 (NVI)
Dios no te complica el día para hacerte daño. Te llama la atención porque te ama, porque no quiere que sigas dando las cosas por sentado — tu tiempo, tu camino, incluso Su cercanía.
La próxima vez que algo salga mal, antes de preguntar «¿por qué a mí?», date un par de minutos para preguntar
- ¿Me está cuidando de algo que yo no alcanzo a ver?
- ¿Me está alineando de vuelta en el camino correcto?
- ¿Me está recordando que no le he dedicado tiempo últimamente?
- ¿Es esta la oración pequeña que necesitaba hacer hoy, y que sin este tropiezo no iba a hacer?
No todo lo que te desordena el día es un problema. A veces es Dios llamando, y tú decidiendo si contestas.
La próxima vez que suene esa «llamada» incómoda de la vida, ¿la vas a dejar sonar, o vas a contestar?

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