Seamos honestos: no todos los días amaneces con ánimo de alabar. Hay mañanas en las que lo último que sientes es ganas de cantar o agradecer. Y está bien admitirlo — eres humano, no una máquina de alabanza constante.
«Bendeciré al SEÑOR en todo tiempo; mis labios siempre lo alabarán.»
Salmo 34:1 (NVI)
David escribió este salmo en uno de los momentos más humillantes de su vida — huyendo, fingiéndose loco para salvarse. Y aun así, decidió alabar «en todo tiempo». No porque sintiera ganas, sino porque sabía algo que quería recordarse a sí mismo: que Dios seguía teniendo el control.
Eso es lo curioso de la alabanza: no siempre nace del sentimiento. A veces el sentimiento llega después, como consecuencia de haber alabado, no como requisito para hacerlo.
Lo que va pasando cuando alabas, aunque no tengas el ánimo perfecto
- Tu corazón empieza a conmoverse, casi sin que lo notes.
- Llega una paz que no la trae la circunstancia, sino Dios mismo.
- Tu mente, que estaba llena de preocupaciones, comienza a calmarse también — el corazón calmado antecede a la mente calmada.
- Recuerdas que, aun en lo difícil, nada se sale de las manos de Dios.
- Aprendes algo — casi siempre más de los errores que de las victorias.
Un tip sencillo: ten a la mano tu canción de alabanza favorita, y también esa que te acerca a Dios de forma especial. Actívala en un momento cualquiera del día. La primera vez que la escuches, recordarás por qué vale la pena alabar.
Alabar a Dios en todo tiempo es recordarle a tu corazón quién tiene el control.
En medio de todo lo que Dios te ha dado — hasta en lo que hoy te cuesta ver como bendición — siempre hay un motivo para agradecer. ¿Cuál es el tuyo hoy, aunque no tengas el ánimo perfecto para decirlo?

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