A veces el día empieza pesado. Cargas algo que no supiste soltar anoche, y sientes que el llanto de ayer sigue aquí, como si no fuera a irse nunca. Pero hay una promesa que Dios repite a lo largo de toda la Escritura: el lamento no es el final de la historia.
«Convertiste mi lamento en danza; me quitaste la ropa de luto y me vestiste de fiesta.» (Salmo 30:11, NVI)
Este cambio se ve en lo cotidiano:
- La preocupación de esta semana que hoy ya se resolvió sin que lo notaras
- Esa llamada inesperada que llegó justo cuando más la necesitabas
- El descanso que por fin llegó después de noches sin dormir
- La paz que sientes hoy, aunque nada haya cambiado «en los papeles»
«Dios no promete que nunca llorarás. Promete que no llorarás para siempre.»
¿Qué lamento estás cargando hoy que todavía no le has entregado a Dios para que lo convierta en baile?

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