¿Cuándo fue la última vez que agradeciste por algo tan simple como poder respirar sin dolor, tener un techo sobre tu cabeza o compartir una comida con alguien que amas? Solemos pedirle mucho a Dios, pero pocas veces nos detenemos a agradecerle lo que ya tenemos. Y es que las bendiciones más grandes casi siempre llegan disfrazadas de cotidianidad: la salud que no valoramos hasta que falta, la familia que damos por hecho hasta que un asiento queda vacío, el don que usamos sin recordar quién nos lo dio.
«Den gracias a Dios en toda situación, porque esta es su voluntad para ustedes en Cristo Jesús» (1 Tesalonicenses 5:18, NVI).
Hoy detente un momento y agradece por:
- La salud que te permite levantarte cada mañana.
- El alimento en tu mesa, aunque sea sencillo.
- Un hogar donde descansar, así no sea perfecto.
- La familia que Dios te dio, con todo y sus imperfecciones.
- Una mascota que te recibe con alegría incondicional.
- Una amistad que ha estado ahí en los momentos difíciles.
- Un don o una habilidad que Dios puso en ti, aunque no la hayas merecido.
«Las bendiciones más grandes no son las que pedimos, sino las que ya tenemos y olvidamos agradecer.»
¿Qué bendición diste por sentado hoy y que, al detenerte a pensarlo, merece un «gracias» sincero a Dios? Cuéntanos en los comentarios — a veces nombrar la bendición es la mejor forma de valorarla.

Deja un comentario